El correr del viento, a través de las ramas de los árboles, impactando pequeñas ramitas con el duro tejar de la casa antigua; me hacen recordar las palabras las palabras de mi abuela, días como hoy.
El fuerte viento hace que se escuchen los rifles de los federales, todavía se pueden notar las nubes de polvo al caer con todo y caballos, a manos de los revolucionarios; decía, haciendo remembranza de su infancia.
En aquellos tiempos, ni a pueblo llegaba San Rutilo; unas cuantas casuchas de adobe y paja, con más vida que las diez cuadras del pueblo de silencio por el cual transito. Poder disfrutar los sonidos del viento, que trae consigo voces tan familiares, como las del seno materno; son una gran ventaja.
Cada paso que doy, trae consigo sentir la presencia de miradas distantes; como la vieja Doña Mary, una mujer muy devota y fiel a la Coca-Cola, un día el doctorcito le prohibió mas el refresco, por problemas del riñón, más en concubernia con el Padre, la convencieron de que era hecha con sangre de niños; ella vivió muchos años, gracias a una mentira piadosa, y eso que no éramos mundalifobicos.
Donde ella se postraba con sus flores, yacen cerradas las puertas del templo, la pesada cadena y candado presentan oxido, una gran colección de polvo y telarañas en cada uno de los grabados de la madera. Es uno de los pocos edificios que se mantienen en pie.
La tienda de Doña Adela o la peluquería de Don Ramón, todavía siguen resguardas por el árbol de chichicuilotes, sobre la calle principal; que en esta temporada se ve su follaje poblado de vainas verdes; como olvidar la lluvia de peñas sobre los tejados de ellos, por nuestra mala puntería.
El romper de las tejas, los gritos y las groserías de Don Ramón, en un ataque de ira; y búsqueda del anonimato de pequeños escuincles, corriendo puesto que han cometido la travesura del día.
Otras han sido casi consumidas por el olvido, la botica, el quiosco he incluso la Cantina; sus vigas se han vencido y el techo ya esta desfondado a ras de piso; no se si todavía este la fotografía de Jorge Negrete, que en un día de juerga, llego a ningún lugar, dizque que se había peleado con la Doña.
De muchas, el olvido no ha dejado huella.
Hace rato, mi caminar por la calle principal fue tranquilo; mi casa, tú casa, es una de esas, que no se porque sigue en píe; la vigas sueltan re harta polilla y cuando llueve me mojo mas adentro que ajuera.
Tuve que viajar re temprano a la ciudad, aquí ya no encuentras nada, menos pa la cena de hoy, y por hoy a ahí que prepararles, lo que les gusta. Desde que ya no aparecemos en el mapa, ya ni luz tenemos, a pura vela, si ya estoy acostumbrado a ellas, desde hace muchos años los postes solo están de adorno.
No se la verdad; me interesa ver si las brazas no se han tiznado, sino ahí que avivarlas de nuevo; el que era bueno pa ello, era el Güero, duro para el hacha y pa la barbacoa enterrada, namas un día solo dijo que se iba por re harta morralla verde; y después de él, muchos siguieron sus pasos hacia el éxodo.
Los muchachos lo llamaban “El Sueño Americano”, ese condenado sueño, primero nos dejo sin hombres, más tarde sin mujeres y niños. Ya nadie va ha preguntar por la tumba del Vikingo; ya es tarde ¿verdad?, el sol ya se esta metiendo, ya ahí que prender las velas.
Se preguntara usted, ¿Por qué tantas velas?, cada uno de ellas representa el sueño eterno de uno de los nuestros; vea aquella, la blanquita que esta a su costado; vea que brinca y baila la flamita, esa es Alma; ella era madre soltera, un vivo la engaño, y por enfermedad de su hijo, se fue con la esperanza de un mejor futuro, tanto la esperanza como la ultima gota de sudor, fueron consumidas por un gringo sol insaciable.
Muchas de las velas que ve aquí, marcan el regreso de los hijos de San Rutilo, unos abrazados por las aguas de Río Bravo; otros cobijados con las amarillas arenas del desierto; pocos moraditos, bien apretaditos como sardinas en vagones de tren y uno que otro por intolerancia racial; lograron el Sueño… Eterno.
Los pocos niños que quedaron, pues fueron creciendo, y extendiendo sus sueños, pa la capital o alguna otra ciudad importante. Las lágrimas de los viejos, ya jueran abuelas o abuelos, o madres, se fueron convirtiendo en polvo, como ellos mismos.
Hombre, si hubiera alguien mas en el pueblo, que yo solo mismo, dirían que estoy loco, por estar aquí mismo platicando con usted.
Solo déjeme preguntarle ¿Quien va apagar las velas? Mañana tres de noviembre…
(Silencio)…
. . . Recuerdos . . .Nota: Del Baúl de los Recuerdos, escrito el 23 de Octubre del 2005